La Argentina convirtió un sueño en pesadilla
La Argentina convirtió un sueño en pesadilla
La Argentina es un país muy curioso. En 2001 sufrió la más tremenda crisis económica de su historia como resultado, entre otras cosas, de un prolongado período de bajos precios de los bienes que constituyen la mayor parte de sus exportaciones. Poco después de cumplirse seis años de ese catastrófico suceso, el gobierno de Cristina Kirchner entró en un pantano político y económico del que no logra salir porque los precios de la mayor parte de los bienes que exporta llevan un prolongado período en valores récord.
Para la ONU, la Argentina está entre los países beneficiarios del aumento de los precios internacionales de los alimentos porque ello le permitió una fuerte mejora del superávit comercial. Sin embargo, también le reprocha a la Argentina haber prohibido últimamente las ventas al exterior de esos mismos alimentos. Lo que quiere decir que el país ha decidido dejar de aprovechar parte de la ventaja que la situación económica internacional le ofrece.
Es razonable que cualquier gobierno se preocupe por el precio que la población debe pagar por lo que come. La Argentina es absolutamente superavitaria en producción de alimentos. Es decir, produce mucho más de lo que es capaz de consumir. El extremo es la soja, que prácticamente no se utiliza en el país.
Cualquier economista de café diría que no deberían generarse problemas para encontrar una fórmula que permitiera mantener el negocio para los productores, abastecer normalmente y sin descalabros de valores el mercado interno y aprovechar la enorme ventaja que significa hoy tener saldos exportables.
La sorpresa es que la Argentina no ha logrado esa ecuación que parece sencilla. No sólo eso, faltan alimentos que está prohibido de hecho enviar al exterior.
Hasta ahora las políticas aplicadas en materia de carne y lácteos sólo lograron reducir la producción. Al Gobierno le gusta mucho recordarles a economistas y analistas sus vaticinios errados. Seguramente por eso prefiere no recordar que las medidas de control de precios sobre la carne, que incluyeron casi desde el inicio prohibiciones intermitentes de las ventas al exterior, fracasarían y generarían restricciones de la oferta.
Ni siquiera Felisa Miceli creía en esos mecanismos, que fueron instrumentados por Néstor Kirchner, cuando desautorizó a la entonces ministra, que había arriesgado en público que no iba a ser necesario "llegar a tanto" como para prohibir la exportación de carne vacuna.
El Gobierno prefiere creer que son ruralistas conspiradores los que a propósito generan desabastecimiento, y no acierta con las soluciones.
La maraña de subsidios y devoluciones que las autoridades proponen al campo para contener los precios y sostener la rentabilidad empresarial no entusiasma a los productores. La razón es sencilla: aceptar significa que el destino del negocio depende de la voluntad del funcionario que autoriza o no los reembolsos y subsidios.
El detonante del problema ha sido la intención del Gobierno de apropiarse de una tajada muy importante de los valores de exportación por medio de unas muy controvertidas retenciones móviles.
La aplicación de impuestos al valor bruto de exportación también deprime el precio interno de los alimentos y por ello las autoridades dicen que esos tributos tienen un fin redistributivo.
Pero nada parece explicar mejor la suba de impuestos que la voracidad fiscal de una administración que aumenta el gasto público a una velocidad notable y tiene la imposibilidad de financiarse de otro modo.
Las retenciones más altas son para la soja, que casi nadie come aquí.
Los problemas son tantos que el país se ha tornado un proveedor poco seguro para sus clientes, incluso para sus socios comerciales más estrechos, que comienzan a buscar abastecimiento en otras naciones.
Gran parte del beneficio que el país había tenido hasta ahora comienza a perderse por los desaciertos de la gestión.
Es difícil incluso para quienes viven en la Argentina creer que un fuerte aumento de la demanda de alimentos, acompañado por los precios en dólares más altos de la historia, sea vivido por la Argentina como una pesadilla en lugar de ser la materialización de un sueño.
Comentario escrito por Jorge Oviedo en el diario La Nación



